martes, abril 19, 2011

La inteligencia del fútbol


Escuché hace unos días en una entrevista decir a un futbolista que su equipo había jugado un partido inteligente y práctico. Que habían sido ordenados y el resultado había sido satisfactorio. Todo esto lo dijo rodeado por periodistas que movían sus cabezas al ritmo de esas palabras y a mí despertaron un poco de curiosidad por saber cuánto había ganado su equipo y quién había hecho los goles. Grande fue mi sorpresa al ver que el resultado había sido un paupérrimo, tedioso y soporífero cero a cero. Y mayor aún fue esa sorpresa, o quizá desilusión, cuando me enteré que dicho jugador había sido expulsado minutos antes de terminar el encuentro.

¿Puede un cero a cero ser un resultado satisfactorio en un partido de Liga? ¿Se puede ser práctico cuando juegas profesionalmente al fútbol? ¿La inteligencia en este deporte no estaba en dar un pase al “vacío”, inventar un sombrero, hacer de la nada un pase de taco o "driblear" a todo lo que se te pone enfrente? Son preguntas que me he estado haciendo los últimos días con tantos partidos habidos y por haber. Y como las respuestas siempre son difíciles de hallar he estado recordando aquellos tiempos en que empatar era lo peor que podía pasar. Así, como lo leen. Cuando salir a empatar quería decir ser repudiado ya no solo por la hinchada contraria, sino también por la propia, ya que se consideraba una falta de respeto para el respetable. Y recuerdo esos días en que sentado con mi abuelo veíamos los clásicos. El abuelo era una gran persona pero no compartíamos los mismos colores y apostábamos porque sabíamos que uno de los dos equipos iba a ganar, o por lo menos los dos lo iban a intentar. En esos tiempos respetaba al clásico rival porque sabía que podían ganar. Y lo hacían, ¡vaya si lo hacían!, fueron años duros en que para ganarle los nuestros tenían que hacer el partido de su vida y sufrir hasta el último minuto para evitar ese empate que ahora se celebra como un triunfo.

Mi abuelo y yo apostábamos un vaso de agua, el que perdía se lo tomaba delante del otro. ¡Cuántos vasos de agua habré tomado en esa época! Muchos, pero alguno también le tocó tomar al abuelo que me enseñó, entre otras miles de cosas, esa forma sana de ponerle punto final a una semana tensa y a 90 minutos con el corazón en la mano para vencer al eterno rival. Pero hoy supongo que mi abuelo y yo nos dormiríamos viendo estos clásicos que lo más emocionante que tienen son las tarjetas amarillas y rojas, la bulla en las tribunas y alguna que otra animadora en el entretiempo. ¿Y el fútbol? No lo sé, hay equipos que no dan ni tres pases seguidos, salen a no perder y supongo que así los partidos son muy inteligentes y prácticos.

Y digo todo esto porque no solo los clásicos han cambiado, sino también la forma de ver el fútbol de las personas. Hay muchos que con esas declaraciones del citado futbolista están contentos y pueden dormir tranquilos. Estamos rodeados, en todo el mundo, de entrenadores que juegan a no perder, a encerrarse atrás y parece como si ellos fueran genios porque, a veces, ganan. Y estas personas ahora dicen que es justo que sea así y tienen hasta la osadía de decir que lo que más importa es el resultado. Lo que importa es ganar, repiten a diestro y siniestro. Me pregunto yo: si solo les interesa el resultado ¿para qué ven los partidos?, ¿no sería mejor que compren al día siguiente el periódico y que lean si su equipo ganó y ya está? Inútil discutir con ellos, están cegados con el show y los discursos de dichos directores técnicos.

Siento que soy un nostálgico, tal vez, pero pregúntenle al abuelo si no es verdad lo que hacíamos si había un empate a cero en un clásico. Era solamente apagar la tele y decir a viva voz: ¡estos no sirven para nada!

lunes, abril 11, 2011

La hora loca

Resultados parciales de las elecciones en el distrito de Asia, Lima, al 83%


ignorante.

(Del ant. part. act. de ignorar; lat. ignōrans, -antis).

1. adj. Que no tiene noticia de algo. U. t. c. s.

A veces, cuando me voy de vacaciones, suelo desconectarme del mundo y no tengo ganas de tener noticia alguna. Simplemente no tengo noticia de algo. Es una decisión personal que disfruto a ciencia cierta tendido sobre un colchón lejos de todo, amparado en mi capacidad de disponer de algo de dinero a la hora de elegir adónde ir, qué comer, qué ver o qué beber. Vida, le llaman algunos, suerte, otros tantos.

No tener noticia de algo a la fuerza, porque no tienes otra, debe ser algo más duro, quizá algo que nunca podremos imaginar o entender porque nacimos rodeados de noticieros, periódicos, revistas y libros por todos lados, por más que estos últimos nunca los hayamos querido abrir están allí, adornando nuestras impolutas salas. Pero la realidad es más incierta (en todos sus significados), por pequeña que parezca. Menospreciar a alguien por el hecho de no tener la posibilidad de recibir noticia de algo debe ser una de las perversiones más grande del ser humano. Casi casi como llamar bestia, bruto, imbécil o demás hierbas a alguien que por motivos ajenos a las ganas de hacerlo, o a la falta de oportunidad, no sabe leer o escribir. Pero así somos, vengamos del lugar que vengamos, porque da igual si somos cobrizos, blancos, negros o cholos; nuestro desprecio hacia todo lo que piensa o actúa distinto a nosotros nos hace siempre ganadores, y el insulto o el desdén siempre nos hará sentir mejor, con la complicidad de una rezadita para pasar piola y poder dormir tranquilos.

Errores hemos cometido todos, empezando por la gente que tiene noticia de casi todo, pero que a la hora de mirar un poco más adentro cierra los ojos porque le da miedo. Los errores de los demás siempre nos parecerán más grandes, más erróneos. La disyuntiva la hemos creado nosotros hace mucho, no apareció de la noche a la mañana. Por eso solo espero que tengamos muchos pelos porque viendo en lo que estamos metidos es el momento justo para empezar a arrancárnoslos uno por uno, y tener que jugársela, ya no hay paso atrás, ni insultos que valgan.

viernes, abril 08, 2011

Elegir una de las dos


Recuerdo que tenía el pelo muy largo porque un día me levanté y decidí que no quería ir más al peluquero. Lo odiaba por más que tenía hartas revistas porno en uno de sus cajones. Odiaba también que alguien me tocara la cabeza y tener que estar sentado por más de veinte minutos frente a un espejo. Recuerdo que cuando fui a sacar mi DNI el de la ventanilla me dijo que con ese pelo no me iban a dar nada, que tenía que cortármelo para la foto. No me quedó otra que amarrarme el pelo, hacerme una cola e ir así a hacerme una foto tamaño carné. Después de haber dejado todo los requisitos del DNI comencé a pensar qué haría cuando me dieran el documento. Pensé en hacer una gran fiesta con mujerzuelas y animales salvajes. Pensé también en irme de viaje por todo el mundo con una mochila y los 20 soles que me alumbraban. Nunca había querido sacar el documento pero lo tenía que hacer si quería inscribirme en la universidad y poder votar. Las elecciones estaban cerca y dos candidatos luchaban por gobernar el país más ingobernable del mundo. Uno era un chino y el otro era un cholo. Un cholo que había visto cuatro años antes en una entrevista donde hablaba de su pasado pobre y sus estudios en en exterior. Al cholo no se lo habían podido bajar, los demás candidatos estaban por los suelos después de la mala fama que les había orquestado el chino, el más pendejo de los dos. Pero mis elecciones pasaban más bien por la elección entre dos chicas. Tenía que elegir entre la chica buena y la chica mala. La mala era la que más me atraía pero hacía de mí uno de esos tapetes que pisamos a diario. La buena era la que me invitaba a su casa, me daba de comer sopas abundantes y me hacía escuchar música pegajosa. La mala era una rata, casi casi como el chino que salía en televisión evocando tiempos oscuros capaces de repetirse si él no era elegido. La mala me miraba y como sabía que me moría por ella no me decía nada, ni siquiera cuando le recité 16 poemas de, en este orden, William Carlos Williams, H.D. y Ezra Pound.
Recuerdo que un día me subí a una combi después de que me dieron mi DNI y encontré a la chica buena. Estaba sentada detrás yendo a la Pre donde estudiábamos. Me vio y me dijo que no tenía ganas de ir a estudiar, que quería ir a pasear. Paseamos, me invitó mazamorra con arroz con leche en el parque Kennedy y caminamos hasta esa cosa nueva y horrorosa llamada Larcomar. Me hablaba de todo, yo no lo hacía por temor a darle un beso o a enamorarme de ella. Pero ella, tan astuta como el el chino organizando fraudes, me dijo para entrar en el cine. Allí ninguno hablaría y sería cuestión de miradas. Pero tuve que salir corriendo porque la mazamorra hizo un efecto inesperado en mi estómago. Recuerdo que cuando me tocó votar había una colaza en un colegio católico cerca a mi casa. Estaba tratando de ver si encontraba a alguien para ir a hacer hora pero había pura gente mayor. Cuando me dieron la cédula era una cosa enorme y allí estaban, pegaditos, los dos símbolos: el del chino y el del cholo. Recuerdo que la chica mala desapareció una noche en un bar cuando me quedé a solas con ella, estábamos en un baño, ella estaba súper fumada y cuando me vio se quedó callada. Me quedó mirando como despreciándome y, como era muy mala, se me acercó a la oreja, me la mordió suavemente y me dijo al oído que llamase al Chepe, que tenía ganas de hacerlo con él. Yo le hice caso, lo llamé y me fui.
Recuerdo que un día estábamos marchando por el centro de Lima con unos amigos en una manifestación en contra del chino porque se había apoderado, a la fuerza, de unas elecciones que había perdido. Había mucha gente y de pronto llegó la chica buena con una mochila de color rosa, cuando de repente apareció en el balcón el cholo a quien habían robado las elecciones y la gente comenzó a delirar. Mi pelo seguía largo y yo ya me había acostumbrado a usar cola. La chica buena me alejó de la muchedumbre y me dio un beso en el preciso momento en que el cholo terminaba su discurso diciendo: ¡Carajo! Recuerdo que luego hubo segunda vuelta porque el fraude no se pudo consolidar pero ya no pude votar porque había perdido mi DNI en una combi de la que tuve que bajar corriendo para seguir a un choro que me jaló mi canguro.
Muchos años después hay elecciones nuevamente, el cholo está en carrera y el apellido del chino rata suena con fuerza. Me acabo de cortar el pelo con mi peluquero preferido que me ofrece té y galletas, la chica mala está felizmente casada y tiene 2 perros en su inmenso jardín que se llaman Chepe y William; y la chica buena está aquí, sentada a mi lado esperando los resultados de la última encuesta, rezando para que el país no se vuelva a joder con la hija del chino rata y reprendiéndome por no tener aún DNI.

martes, abril 05, 2011

Suposiciones empezando la primavera después de escuchar 16 veces The Bends de Radiohead en dos aviones diversos




Yo pensaba (con miedo) que cuando uno regresaba a veces tenía ganas de nunca más volverse a ir. O al revés. Al revés quiere decir que uno llegaba y quería irse de inmediato, quería cerrar los ojos y al abrirlos encontrarse en la puerta de embarque, ya despedido y listo para volver a la rutina sin esperar nada porque nada había que esperar, solo el final de los días, de las noches cortas y de los pasadizos más oscuros que de costumbre. Supongo ahora que así estaba yo en este viaje: decepcionado con las palabras, con los abrazos por dar y con un cansancio mental fuera del común. ¿Soy muy raro o estoy muy raro?, me preguntaba ayer al cuestionarme el porqué de mi alejamiento de ciertas personas, o el simple desinterés de querer ver a cierta gente. Mi encuentro con mi media mitad ayudó a encontrar respuestas a algo que ni yo mismo había percibido: estás creciendo, cerrando puertas y abriendo otras, me dijo sabiamente. Nunca pensé mirar a la persona a la que suelo aconsejar sobre cómo vivir indiferente a la vida diciéndome con tanta exactitud qué me estaba pasando.

Muévete, me dijo. Cierra y abre, tú tienes la llave, agregó. La llave de la que habló supongo que es esto que llaman intuición. La mía es como esas canciones que te hacen bailar hasta abajo moviendo las caderas hacia los lados. Aparece cuando menos la espero y no dice nada, solo me observa y me deja tirado en medio de la carretera atravesada por coches a toda velocidad. La mia intuizione siempre termina alejándome de lugares a los que no debo ir, me hace (supongo) pasármela bien y me aleja de gente que no merece ser vista. El merecer no ser visto tiene que ver mucho con eso de cerrar puertas y abrir otras. La llave de la que hablaba esa filósofa de las cenas a la luz de las velas, mientras comía salmón con una ensalada de col con tomate y aceite de oliva, es exactamente lo que me hace esquivar esos coches.

Yo pensaba (con más miedo que antes) que cuando uno regresaba te esperaban cientos de gentes con flores, guitarras, carteles, colores y fruta; y que uno tenía que poner cara de circunstancia y decir a todo lo bello que era y hacerse fotos con muñecos y guaripoleras. O al revés. Simplemente llegar, ver todo vacío y observar al pata que está a tu lado con un trapeador diciéndote muévete, que tengo que hacer mi chamba. Luego ver la ciudad vacía durmiendo que te dice: ¿crees que me voy a despertar porque has llegado tú? Y por más que tengas ganas locas de encontrar una conversación acorde solo encuentres tiendas cerradas, ascensores llenos, sillas sin patas, posavasos rotos o botellas que por más que las bebas nunca se terminan de vaciar. ¿Soy yo el raro o lo demás lo es? me pregunto ahora y me río, por más que el chiste sea difícil de entender.

El sol no quema, ni la ciudad es tan grande como todos piensan. Sigue sin existir todo lo que no podemos ver más allá de lo que llega nuestra vista por más que tengamos infinitas amistades en las redes sociales. Las voces no llegan a todas partes y las convocatorias para darte la mano son inútiles. Las nuevas personas reemplazan con vitalidad a las que quisieron ser antiguas y las nuevas sonrisas son más naturales, más frescas. Aunque ustedes no lo crean, y las escrituras digan lo contrario, uno puede vivir en 50 metros cuadrados con un lapicero, dos botellas de agua y una baraja de cartas.



martes, noviembre 30, 2010

Invierno

Hoy vuelve Lucia. Sí, vuelve por fin y porque así lo ha decidido. Yo pensé que nunca lo iba a hacer pero ya me tienen aquí en el aeropuerto esperándola. Le he traído un ramo de flores y me he puesto la camiseta roja con una estrella amarilla que me da suerte, o al menos eso creo yo. Llega y se queda en mi piso. Que no es mío pero es donde yo vivo. Me lo ha dejado un amigo por tres meses que se ha ido a Nueva York por trabajo. Le pago poco la verdad, pero al menos le cuido sus cosas y le riego sus plantas. Odio sus plantas, pero tampoco es que sean un problema.

Lucia se fue en navidad y recién hoy, casi 5 meses después, vuelve. Yo en todo este tiempo no he sabido bien quién soy. Ni lo sé aún. No he podido pintar ni hacer nada. Con las justas he trabajado y leído algunos libros intrascendentes. Bueno, si a trabajar le llaman disfrazarse de mariachi y tocar un par de maracas... No tengo nada contra los que tocan las maracas pero supongo que algo más interesante he podido hacer. Pero no tenía ganas. Así he estado bien, tocando las maracas, yendo de fiesta en fiesta con un sombrero más grande que yo y olvidándome de todo mientras hacía los coros cuando cantaban “Bésame mucho”. He podido vivir, o sobrevivir, en ese apartamento, comer, navegar en internet y hasta hablar por teléfono. Sobre todo con Lucia que hace una semana me dijo adivina qué. Yo soy muy malo para las adivinanzas, y para ser sinceros, no me gustan por más que en ocasiones sepa la respuesta. Aunque esta vez obviamente no sabía la respuesta. No sé, le respondí siguiendo el juego, pero antes de decirle eso había estado pensando en mil cosas como por ejemplo que su ex me estaba buscando para matarme, o que ella había encontrado otro, esas cosas trágicas que le vienen a uno rápidamente a la cabeza. Pero no, no era nada de eso. Me dijo, después de decirme que era un lento y un aburrido por no querer adivinar, que había decidido volver a Moscú para vivir conmigo.

Yo colgué.

Cómo no lo iba a hacer. Pensé que se trataba de una broma. Que no era ella quien hablaba, sino que era uno de esos imitadores de algún programa cómico de la radio y me puse a buscar la cámara escondida por la habitación. Al no encontrar nada colgué y desconecté el teléfono. Me puse a ver televisión y no quise pensar en nada. Y no lo hice como tres horas en que vi deportes de invierno, comí mucho chocolate y me duché tres veces. Cuando volví a conectar el teléfono, sonó. Lógicamente era ella, que me dio un discurso (digamos que me insultó de muchas maneras) por unos 30 minutos. No era para menos, había cortado la conversación. Pero luego amistamos. Yo le expliqué lo que me había pasado y menos mal que me entendió y no cambió de opinión en eso de venir.

Lucia se fue hace ya casi cinco meses porque sus padres así lo decidieron y porque no tenía donde vivir ya que había dejado al novio con el que vino a esta ciudad. Se fue en diciembre, casi en navidad. Yo la acompañé esa vez al mismo aeropuerto donde ahora estoy. Fue una de las noches más tristes de mi vida, lo juro. Fue infinitamente triste. Tan triste fue que quise llorar y no pude. Pero sentí muchas cosas en mi estómago, en mi cabeza y en mis piernas. Sobre todo en estas que no fueron más capaces de aguantar al resto del cuerpo. Se fue y yo fui muy triste, vuelvo a repetir, porque no sabía si ella iba a regresar algún día. Todo estaba blanco por la nieve y ella se fue con su casaca azul y un par de maletas llenas de cosas. Alzó la mano antes de que la perdiera de vista diciéndome chau con una sonrisa que nunca entendí. Yo me quedé sentado en el aeropuerto esperando a que saliera pero nunca lo hizo. Ni siquiera un día después cuando yo aún seguía allí en esa banca sentado con alguna esperanza.

Vuelve y como ha dicho se queda a vivir conmigo. No sé lo que somos. Si somos novios, si somos amigos, si somos amigos con derecho a roce, si no somos ni amigos, no lo sé. Solo dijo vuelvo a vivir contigo. No sé si cuando baje la tenga que recibir con un apasionado beso o si le gustarán las flores que le he traído. No sé si se habrá cortado el pelo, si mi camiseta me traerá suerte o si, finalmente, se quedará para siempre por aquí. Odio cuando no sé lo que puede suceder, pero supongo que con Lucia, si es que llega, siempre será así.

miércoles, junio 09, 2010

Cuando los amigos no están

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He estado buscando a mis amigos pero ahora ninguno tiene tiempo. Ni siquiera para un par de cervezas. Están siempre de arriba a abajo con mil cosas tratando de “hacerla”. Ya no sé a quién llamar para quedar porque la verdad me aburro. Mi abuelo me ha dicho que le ayude en la fábrica pero va a ser que no. Aunque algo tendré que hacer. Tampoco quiero estar todo el día en la habitación frente a una lienzo donde no puedo pintar. Y claro, Lucia ni me escribe, ni siquiera me respondió el último mail que le escribí diciéndole que regresaba a mi país.

Como no sé qué hacer he decidido volver a la universidad. Un semestre y vemos, al menos así tendré carné universitario y podré pagar medio pasaje. Necesito ahorrar porque lo que he traído no me va a durar nada. Aunque eso del carné la verdad es que no cambia mucho las cosas. No voy a ahorrar millones pero al menos así me movilizo en combi, por más que eso quiera decir poner en peligro mi vida. Dirán que estoy exagerando pero una vez cuando estaba llegando a la universidad, a unos 500 metros, la combi donde estaba empezó a acelerar sin razón. O al menos eso creí yo cuando por la ventana vi como otra combi aparecía casi tan veloz como en la que yo estaba y trataba de adelantarnos. Entonces fue cuando nuestro hábil chofer realizó una maniobra que hizo que la combi, en donde estaba sentado leyendo a Kafka, se diera una vuelta hacia la izquierda y cayera en la pista avanzando unos 50 metros con las ventanas por el piso... Claro que me caí pero no me hice daño y ayudé a salir a la gente que estaba en el suelo. No fue fácil porque la combi se había volteado. Menos mal que no se dio una vuelta de campana porque sino ya no la contaba. Y aunque no sucedió hace mucho es una cosa que cada vez que la recuerdo me parece que no la he vivido. Siento que no me pasó a mí. Lo veo tan inverosímil que parece que lo leí en un periódico o lo escuché por allí. Pero no, fue así, sucedió todo tal y como lo he contado. Ese día llegué a la universidad nervioso pero los amigos me llevaron a tomar unas cervezas que felizmente calmaron mis ansias y nervios. Claro, antes los amigos hacían esas cosas, ahora solo quieren “hacerla” pero nadie dice qué quiere hacer. “Hacerla” supongo que será hacer dinero, otra cosa no se me ocurre.

Después de eso, cuando estaba con mis amigos en el bar llegó Giannina y me llevó a su universidad femenina. Yo estaba muy borracho, no era para menos, casi casi muero en un accidente de tránsito y todo porque una combi quiso adelantar a otra. El susto de mi vida. Ella no creo que lo haya comprendido mucho, por eso me llevó y me hizo tomar un café con leche y comer una empanada en la cafetería que estaba al lado de su universidad. Al lado porque a su universidad no me iban a dejar entrar, y según ella no porque estuviera borracho sino porque era hombre. Esa noche después llegó el papá de Giannina para recogerla de la universidad. Eran las 8 y media de la noche y llegó muy puntual en el nuevo Volvo que se había comprado. Su padre no me podía ver, me odiaba y esas cosas de padres que ven cómo sus hijas se meten con el primer estúpido que se deja un poco de barba, el pelo largo y dice que es un artista. La cosa es que el padre llegó y yo seguía borracho porque el café con leche lo único que hizo fue removerme más el estómago lo que terminó por rematar la empanada de jamón y queso. Pero no culpo a Giannina, eso no. A ella más bien le agradezco porque si no yo estaría hasta ahorita sentado en ese bar tomando cervezas para que se me pasara el susto.

Giannina me dijo te llevo a tu casa. Me hizo sentar en la parte de atrás del nuevo coche de papá. Papá me miraba por el espejo retrovisor y no veía la hora de que me bajara de su coche nuevo porque lo estaba llenando de olores alcohólicos y, seguramente, hasta de baba. Giannina le habla a su papá para que no me siguiera observando. Papá escuchaba a su hijita y se reía con ella haciendo como si nadie estuviese detrás. Yo empecé a hablar. Hablaba de la moda en París, del último Wimblendon, de la novela de Roncagliolo, de las piernas de Heidi Klum y de los cuadros de José Tola, Gerardo Chávez y Rafael Hastings, en ese orden... Giannina hablaba más fuerte que yo para que papá no escuchase lo que yo decía. Pero Giannina no me podía ganar así que yo también alcé el tono de mi voz y entonces a ella no le quedó otra que sacar su mano por el costado de su asiento y darme golpes en la pierna. Papá aceleraba más para dejarme en mi casa cuanto antes. Yo sentí los golpes y me reí. Me reí mucho porque me dio mucha risa y dije una cosa obscena.

Papá frena intempestivamente. Giannina calma papá. Yo río. Papá me llama payaso y quiere que me baje del coche. Giannina le suplica a papá, casi con lágrimas, que no me deje tirado por la calle en ese estado. Yo río. Papá arranca el Volvo nuevo y sigue camino a mi casa. Giannina se calma. Yo empiezo de nuevo y esta vez hablo de Pizarro, de cómo le hice una huacha en un campeonato interescolar, hablo de que odio la gente que se compra coches nuevos, del pelo pintado de la profesora de Lógica y de las nuevas tetas de una actriz porno. Agrego, moviendo las manos, que no me gustan porque no son estéticas. Papá mueve la cabeza y alza los ojos mirándome con odio. Giannina se agarra la cara. Yo río. Giannina me da otra vez golpes por el costado del coche. Papá de tanto acelerar y pasar otros vehículos casi voltea el coche nuevo como la combi en donde casi muero.

Llegamos a mi casa. Giannina me baja, abre con mi llave y me mete a la casa. Me dice que estoy loco pero que me quiere, y que deje de ver esas cochinadas pornográficas. Yo río. Papá, una vez que Giannina ha subido al coche, acelera y se va llevándose a su hija. Él hubiese querido para siempre, pero en ese momento no fue así. Luego sí lo fue pero porque yo dejé el país para irme a Europa. De donde ahora he regresado a matricularme a la universidad para seguir mis estudios de economía. Mejor no pienso más porque me pongo feeling y no estamos para eso, y menos cuando los amigos no están para una cerveza.

martes, febrero 23, 2010

En el altar

La vi entrar por la puerta de la iglesia. Llevaba el vestido verde que compramos en una tienda del centro. No sé por qué la había invitado. Ahora me arrepiento. Ahora es muy tarde. Se ha dejado el pelo largo y se ha peinado como le decía yo que lo haga. Tuve que invitarla, si no lo hacía iba a ser peor porque se iba a aparecer de todas maneras y me lo iba a reprochar. Pensé que con la invitación no iría a venir pero está aquí. Suena el piano de la iglesia. La gente se va acomodando. Yo miro el altar, no quiero voltear a verla pero no voy a poder soportar mucho esta situación. Volteo para verla, se ha puesto algo en la cabeza, es como una mariposa y se ríe con Soledad. Lleva unos pendientes que combinan bien con su vestido. Le gusta el color verde, y sabe que a mí me encantaba verla con ese color. Espero que esté tranquila. Se ha dado cuenta que la miro, que la observo, hay miradas que no puedo controlar. O cierro los ojos o miro el suelo. Fuera ha comenzado a llover y Lucrecia no llega todavía. Quedan diez minutos o menos para que llegue y estoy nervioso y ella sigue riendo. ¿Se reirá de mí? No creo, lo hace para disimular, yo sé que no ha querido venir pero que al final por joder lo ha hecho y la muy estúpida de Soledad que le da conversación. Los invitados siguen llegando. La música me aturde un poco y la corbata me está matando. No debí haber bebido ayer, ahora empiezo a temblar y me jode porque se nota.

Llegan los familiares de Lucrecia, los odio y no entiendo que pueden tener en común esa cuadrilla de gente tan horrible con mi Lu. Ha sido capaz de saludar a mi madre, se le ve decidida, no creo que se atreva a joderme así. ¿Me lo merezco? No. No me lo merezco, no merezco que me jodas así. Lo nuestro no pudo ser y al final hiciste lo que te dio la gana. Cuando más te necesité te fuiste y me dejaste. ¿Ya no te acuerdas acaso? Te fuiste sin más y ahora quieres que yo deje todo esto y me vaya a vivir contigo. Qué desvergonzada eres. El coro de la iglesia canta algo que no conozco. Me jode saludar y sonreír. No conozco a todos y quiero que esto se acabe de una puta vez. El cura ya está listo. Yo no. Por qué has venido, qué quieres aquí. Me gustas y lo sabes.Sabes que nunca pude decirte que no, para nada. Ahora no dejas de mirarme. Quieres que vaya a saludarte. No lo haré. Vienes hacia mí. No me lo puedo creer…

- Hola, felicidades. Estás muy guapo.
- Gracias. Qué quieres, dime. ¿Quieres algo? Si quieres algo dímelo de una vez, por favor.
- Yo solo quería saludarte y estar en el día más importante de tu vida. ¿Acaso te molesta que yo esté aquí?
- No me molesta, gracias por venir. Disculpa pero como has dicho tú es el día más importante de mi vida y estoy nervioso.
- Pues eso, que solo quería saludarte.

Me da, delante de todos, dos besos en el altar y se va. Una cosa así solo pudo haberlo hecho ella. Me ha jodido la noche: Lo peor de todo es que lo sabe. Lucrecia no llega y la iglesia está abarrotada de familiares, amigos y curiosos. No sé por qué pero en sus ojos vi esas ganas de hacer algo que le conozco de años. Esas ganas de pasar por encima de todos. Algo tiene pensado. Algo va a hacer. La he cagado al tratarla así. Es peor, hubiese tenido que ignorarla. O tratarla bien, con cariño. Pero tampoco es justo, yo siempre lo hice y cómo me pagó. Mis amigos están allí, espero que se hayan dado cuenta de que está ella, de que ha venido solo por joder y que si intenta algo la detengan. Ha llegado ya, es Lucrecia. Suena la música más fuerte. ¿Es este realmente el día más importante de mi vida? Y si lo es, por qué me siento tan solo, tan abandonado. Quiero irme. Quiero quitarle el vestido verde ese que compramos y que nunca se lo puso conmigo porque me dejó tirado un día bajo la lluvia esperando un bus. Qué quieres, a qué has venido. Haz lo que sea pero por favor no empeores más las cosas. La gente se ha dado la vuelta para ver el ingreso de Lucrecia, ella sí que no se merece esto. Yo quizás. Me cuesta estar así. Y cuando el cura me pregunté, ¿podré decir que sí? Yo miro el altar, el cura me mira y me levanta las cejas, estoy tan solo y la música me está matando, no me queda otra que bajar la mirada y esperar a ver qué pasa.