lunes, junio 02, 2008

De besos 2

32 euros me costaron sus besos. Sí, 32 euros. ¿Y cómo así? Había comprado todo: las cervezas, la ginebra, el hielo, el limón y la tónica, todo tenía listo para que venga y conversemos un rato esas cosas que solo ella y yo sabemos conversar. La cuenta fue 32 euros. Ni un centavo más ni menos. Y llegó. Llegó un poco tarde pero eso no importaba. Lo importante fue que llegó porque ya tantas veces me había dicho que venía y al final nada. Llegó guapa. Me la esperaba guapa pero no tanto. Llegó, también, con un escotazo que definitivamente era muy provocador. Llevaba encima una bufanda ancha o algo por el estilo de color naranja. Seguro que se lo había comprado en el mercadillo. El mercadillo que me enseñó una vez que la acompañaba a su casa. Esa cosa naranja intentaba tapar sus pechos. La bufanda era de segunda mano. No se notaba pero todo lo que ella compraba allí era de segunda mano. No le di ni un beso cuando entró a casa, apurada, casi empujándome y con seis botellas de cerveza bajo el brazo. No le di un beso porque yo no doy besitos. Esas son tonterías, a mí los besos, así me cuesten 32 euros, me gusta darlos con los ojos cerrados o abiertos pero en la boca, intercambiando saliva y que duren mínimo 48 segundos.
Ella se sentó en el sofá tirando todo en la mesa. No me miraba ni nada y ya estaba contándome una historia de alguien que había conocido en el metro. Yo la miraba atentamente y trataba de seguir lo que contaba pero su escote era más fuerte que todo. Mi mirada se desviaba. Ella se daba cuenta, por eso, de rato en rato, se subía la bufanda que con todos los gestos que hacía se volvía a caer lentamente. Empecé a odiar esa bufanda. Al terminar su historia y bien cubierta me preguntó y tú qué tal, lo hacía así, como si yo fuera uno de esos amigos camioneros o mecánicos. Yo, como cada fin de semana, no tenía mucho qué contar. Mi vida, casi de funcionario, era lo más aburrido que existía, pero tampoco me quejaba. Sírvete una cerveza, le dije y así hablando tonterías nos habíamos tomado unas cuatro cada uno. Empecé a subir el volumen de la música. Poco a poco la bufanda iba desapareciendo. Ella intentaba bailar, porque era claro que no sabía hacerlo. Alzaba las manos y las estiraba intentando tocar el techo y moviendo el pelo para los lados mientras sus muñecas giraban de izquierda a derecha. Después de las cervezas y con la primera copa de gin tonic mi vista bajaba a entretenerse con sus pechos que la primera media hora en la que estuvo sentada tuvieron mi mirada enloquecida. Ahora la bufanda estaba en el suelo, tirada entre rodajas de limón y pedazos de hielo que se iban derritiendo con el pasar de las canciones. Baila conmigo, me dijo. Solo si bajas los brazos, le respondí porque seguía con los brazos hacia arriba, como abrazando el techo. Tú me quieres, me preguntó sin mirarme y con sus brazos en mis hombros. Sí, dije, porque los borrachos no mienten y porque el panorama, sin la bufanda naranja, era muy pro-metedor. Y por qué no te acercas a besarme, me dijo. Por qué siempre esperas a que te llame, concluyó. 48 segundos no son nada, pensé.
32 euros me costaron sus besos. 32 euros que, ahora que lo pienso, no son nada comparado con todo eso que la bufanda naranja escondía tras de sí.

2 comentarios:

bernard n. shull dijo...

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Carlos R. O. dijo...

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