Da cosa nasce cosa

martes, marzo 24, 2009

Habíamos cogido un barco hacia unas islas más pequeñas. Estábamos en Grecia y ella se había sentado en la parte de atrás. Lo había hecho porque estaba molesta conmigo porque la noche anterior yo, según ella, había estado mirando todo el rato a unas italianas que estaban en una discoteca. Y, en efecto, yo las había estado mirando pero no todo el rato como ella decía mientras discutíamos camino al hotel. Y mientras seguimos discutiendo en la habitación. Y así toda la noche hasta que no me quedó otra que dormir en la bañera. Me costó mucho convencerla de coger este barco y mientras veo que ella mira el mar con cara ya ni siquiera de pocos amigos sino de ningún amigo, escucho en mi reproductor una canción que se llama Barco viejo, de Los Inmortales. No es mi canción preferida pero la elegí porque sabía que iba a coger un barco, aunque cuando la elegí también pensé que la escucharía con ella a mi lado y ya ven, aquí estoy solo con mi iPhone, mis auriculares y sin muchas ganas ya siquiera de escuchar esta canción. Ok, yo las miré, no lo voy a negar, pero solo fue un momento porque ellas me miraron y claro no tiene nada de malo mirar, ¿o sí? No, por qué, todos miramos, no creo que exista alguien que diga: No, yo no miro, para nada, por qué voy a mirar, a mirar al cine. No, si alguien te mira, tú también miras, y si te miran dos italianas y se ríen pues te quedas mirando y le devuelves la sonrisa, ¿o no? Sí, por qué no. Total una sonrisita inocente que más da. Una cosa de nada. Una tontería. Otra cosa ya es una guiñada de ojo, o sacada de lengua. ¿Qué? ¿Nunca han visto a nadie que saca la lengua? Por favor, en qué mundo viven, yo he visto a gente que saca la lengua, la mueve y hasta manda besos volados. Hay de todo pero yo estoy jodido solo por mirar. Aunque claro, luego me dijo también que para qué me acerqué a ellas. No fue así como ella lo dijo, sí me acerqué pero fue porque fui a la barra a comprarme otra cerveza. Ahora yo les pregunto: ¿Está mal que uno que ya ha acabo su cerveza y tiene sed se acerque a la barra a pedir otra cerveza? No. Por qué, estoy en Grecia, hace calor, mi cerveza se ha acabado y pues quiero otra. No hay camareros, pues entonces lo más normal del mundo es que me acerque a la barra. Pero claro, ella todo lo exagera y ya parece que lo hice a propósito o con malas intenciones, y eso nunca.

Sigue atrás, ni siquiera me mira, y lo peor de todo es que cuando está así no hay cómo lograr que se le pase. Y no quiero volver a empezar a discutir. Ah, y todavía me dijo que para qué converso con ellas. A ver, que no conversé con ellas, solo me preguntaron de dónde venía y esas cosas que se pregunta la gente cuando está de vacaciones, yo pues le dije mi lugar de procedencia y ellas también y cuando me dijeron que eran de Italia pues les hablé en italiano ya que era una buena oportunidad de practicar el idioma, ¿o no? Sí, claro que sí, siempre es bueno practicar los idiomas que uno con tanto esfuerzo aprende, no se vaya uno a olvidar. Y nada más, dos tonterías que nos dijimos y ya por eso tanto escándalo. Hay veces que no comprendo estas discusiones, sobre todo cuando se exageran las cosas, sí, ok, las miré, me acerqué, les hablé, pero tampoco es que haya bailado tan pegado con una de ellas como ella dice. No, no fue así, solo bailamos una canción y yo ni siquiera quería. Solo que tuve la mala suerte de decir de donde era y justo sonó un merengue y fácil que ellas pensaron que debido a que soy latino yo sabía bailar y pues una me sacó y no me iba a negar, ¿o sí? No. Total, un baile no se le niega a nadie, y menos a una chica tan simpática que lo que quería era solo bailar una canción, nada más. Yo es que a veces no la entiendo, todo este problema que me hace por pequeñeces y justo ahora que es nuestra luna de miel. Y menos mal que ni siquiera le di un beso y solo fue un besito de despedida, pero ella todo lo agranda, hasta eso. Yo que iba a saber que en Italia uno se da besos en la boca cuando se despide. Si hasta hay hombres que lo hacen, lo más normal del mundo en Italia, o por lo menos fue eso lo que me dijo esta chica. Pero claro, ella no me creyó cuando se lo dije, solo se dedicó a insultarme y maldecirme toda la noche. Increíble, ¿no?

14 de febrero III

sábado, febrero 14, 2009

-¡CARLOS!- gritó.

Y me desperté. Claro que me desperté, cómo no me iba a despertar si gritó. Y gritó fuerte, con el permiso del pleonasmo que mi corrector siempre me ha dicho que evite pero yo no puedo hacer nada porque gritó muy fuerte, lo juro. Gritó mi nombre porque yo, descarada y sinvergüenzamente, me estaba acercando a sus labios. Y me estaba acercando con los míos, casi abiertos ya, para darle un beso. Para besarla, sí, para eso me estaba acercando yo que estaba medio dormido y medio borracho. C-A-R-L-O-S, fue lo que gritó. No me zampó una cachetada, que estoy seguro no me hubiese detenido como lo hizo el grito; pero nada de eso, ni se puso de pie y se fue, como hubiese hecho cualquier mujer de este mundo. Pero claro (o ni tan claro), ella no es una mujer de este mundo, con todo respeto para las demás: ella es especial. Tan especial que después de que yo me desperté y se me pasó la borrachera por su grito, me miró y se rió tan coquetamente que parecía que me decía: por qué no me besas, ¿a qué esperas, pánfilo? Así fue, yo lo recuerdo muy bien, lo recuerdo ahora que me estoy poniendo este par de calcetines verdes que después de dos años saco del armario porque por fin ha llegado el momento de usarlos. Esa vez fue la última vez que la vi en esa semana, fue un día viernes y fue en la semana que yo había decidido que usaría cada día un par de calcetines de color diferente mientras la siguiera viendo. El lunes fueron marrones, el martes azules, el miércoles negros, el jueves blancos y el viernes fueron los calcetines de color gris. Como gris fue ese día en que salimos con mis amigos y yo le dije en un rincón sin que nadie nos vea que me había enamorado de ella porque no era una mujer de este mundo. Ella insistió en que sí era de este mundo y discutimos. Discutimos mientras bebíamos una botella de Bacardi. Odio el Bacardi. Y lo odio desde hace mucho pero era lo único que a ella quería tomar por más que yo insistía con la cerveza y el gin tonic que ella rechazaba y pedía más Bacardi.

- Pero yo sí que soy de este mundo, tú qué te crees para decirme esas cosas a mí, qué te habrás creído...- repetía con odio en sus ojos.

Después, cuando todos se habían ido y nosotros ni nos habíamos dado cuenta, se nos acercó alguien para decirnos que nos teníamos que ir porque ya era tarde y estaban cerrando. Ella le dijo algo a ese alguien y yo la seguí. No podía dejar que se vaya molesta. Y ella se dejó seguir, ya sin Bacardi, y con mucho frío porque era invierno.

- Vámonos, qué estás esperando. – me dijo mientras yo miraba como ella desafiaba a los 9 grados bajo cero porque estaba sin chaqueta.

Y así llegamos al metro, yo hablaba, seguro le decía cosas que tampoco eran de este mundo, como suelo hacer. O le decía que se dejase de tonterías y aceptase que se había enamorado de mí, de un mortal con nombre y apellido, trabajo fijo y seguridad social. Reía, eso sí lo recuerdo, que reía y miraba a otro lado para de vez en cuando decirme: No me mires así, por favor. Claro, mi mirada era la de un tonto enamorado, seguramente. Y luego yo me acerqué, abrí la boca, junté los labios, cerré los ojos, la intente besar... y nada, gritó mi nombre. Después no la vi más. El sábado cogió el primer avión y desapareció dejándome solo su mail y un par de guantes color rosa que he guardado al lado de estos calcetines verdes que hoy me pongo porque también es sábado y la voy a ver. Sí, la voy a ver porque después de todo este tiempo ella me ha encontrado en el Facebook y me ha dicho para quedar, que ha vuelto a esta ciudad y se aburre. Gracias, le respondí yo, intentado adivinar aún de qué mundo pudo haber venido. Yo hace mucho que la había encontrado pero nunca tuve el valor de invitarla para que sea mi amiga. Y ella tampoco lo hizo, solo me mandó un mensaje y pude ver por fin su foto en grande y darme cuenta de que a pesar de su nuevo corte de pelo era la misma mujer que yo había conocido un día esperando el bus. Ese día ella leía un libro de Thomas Mann. Yo no la miraba, solo miraba el libro para que después no se crea que uno va tratando de enamorar a las mujeres en el bus (que los hay así, y muchos pero yo no, por más que la chica me guste) y después de dos paradas me dio el libro diciendo que si tanto me gustaba el libro que me lo quedase. Tuve que terminarlo todo antes de darme cuenta de que en la última página me había escrito su correo. Y así nos conocimos. Yo le escribí y salimos. Cuando salíamos le ponía muchos nombres porque ella nunca quiso decirme el suyo y un día venía y me decía llámame Ana. Y otro día era Natalia o Claudia. Hasta ese día viernes en que fue Lucrecia, como en su perfil del facebook. Yo nunca supe que se iba a ir ese sábado, no me lo dijo, y mira que esas cosas se tienen que decir siempre pero ella se lo guardó y me dejó enamorado hasta los huesos y sin saber adónde se había ido porque cuando le pregunté de dónde era me dijo que eso yo lo tenía que averiguar. De otro mundo, fue lo que yo averigüé porque no tenía otra explicación. Y aunque nunca supe si ella sintió lo mismo que yo, desde la primera vez que le escribí un correo, quiso salir conmigo. Así fue, hasta ese día en que se marchó y yo no supe por qué ni adónde. Tampoco mis calcetines verdes que hoy por fin se lucirán en el lugar que hemos quedado. Y que han esperado hasta ahora porque yo sabía que ella iba a volver, que en algún momento la iba a encontrar y usaría estos calcetines que gallardamente han esperado al lado de sus guantes rosa que se quitó antes de bajar del metro, acariciarme el pelo y darme un beso en la frente. Suerte, dijo esa vez. Yo me reí y le dije, suerte a ti, nos vemos luego, cuando la llamé su número no existía más. Solo me quedó, como ya dije, su correo. No puede escribirle. Ella sí lo hizo, diciendo que estaba bien y que se había regresado a su planeta, confirmando mi teoría de que no era de este mundo. Al igual que en el facebook, que tiene Marte como Red, pero yo sé que miente, no puede ser de Marte, es muy rojo para ella. Hoy es 14 de febrero, lo sé, pero no creo que haya elegido este día por algo, total, en otros planetas pienso que no se celebra eso del día del amor…Y menos que lo celebre ella.

De ferias 1

martes, diciembre 02, 2008

Se me había caído esa cosa que te dan para entrar a la feria del libro sin pagar. Una especie de fotocheck pero sin foto, solo con tu nombre y otros datos. Eso se me había caído por los suelos de la feria. Sí, por estar soñando con tantos libros, por verme allí sentado en uno de esos pabellones hablando de la literatura, del amor y de la arena blanca que lejos está. Todo eso me imaginaba yo mientras recorría los pasillos haciendo fotos cuando se me cayó mi pase de prensa para la feria del libro más grande del mundo. Pabellón 5, Editoriales internacionales, allí creo que se me cayó, entre Santillana y Anagrama, al lado del oscuro stand de Carmen Balcells. Si perdía ese permiso tendría que pagar una multa, así que no me quedó otra que buscarlo.

Caminaba por donde había venido, no sabía dónde se me había podido caer. ¿Alguien lo habría encontrado? ¿Quién llevaría mi nombre en estos momentos? ¿Quién era yo? Caminaba y volvía a ver esas caras que gentilmente ofrecían sus libros y escritores al mundo. Nadie parecía haber visto mi entrada. Yo miraba los suelos cuando todos miraban las hojas. Casi me arrastraba por la alfombra de la feria cuando la vi.

Vi a ella. Llevaba el pelo amarrado con una cosa extraña. La vi inquieta, como esperando algo. Estuvo allí todo el tiempo pero yo la encontré por los suelos. Alzó la mirada y nos vimos. Sonrió porque ese era su trabajo y yo me fui, asustado ante tanta sonrisa. Mi búsqueda se había interrumpido por una mirada cómplice, de esas que se dan en las ferias literarias. No sabía si dar por perdido el sinfotochek o seguir. La búsqueda ya no iba a ser lo mismo con los ojos de ella, por eso decidí desistir y solo dar vueltas a su alrededor. Así estaba yo, dando vueltas para arrinconar esa mirada cuando de pronto ella se fue. No se había dado cuenta, o quizás sí, de que yo estaba todo el tiempo tratando de reencontrarme con su mirada cuando entonces la vi.

Vi a ella. La vi entre su cartera y su teléfono móvil. Era mi entrada a la feria. Estaba allí esperándome y acostumbrándose al olor de ella. No la veía bien pero estaba seguro de que era la mía. No supe qué hacer así que decidí seguir dando vueltas. Cuando pasé por decimosegunda vez por la editorial Norma y vi como un escritor seguía tratando de explicar de que su libro sería muy vendido en todo el continente americano, me di cuenta de que tenía que hablarle, así que me persigné, como si fuera a entrar a la cancha.

Hola, disculpa, ¿hablas español? Hola, sí, claro, dime. Qué bien, bueno nada, solo que yo estaba por aquí pasando y haciendo fotos, y como soy muy distraído se me cayó mi fotocheck, aunque no tenga foto, pero bueno aquí en Alemania son muy confiados por eso nada de fotos, además supongo que lo hacen para ahorrar por más que todo sea ahora digital, pero bueno no sé si has visto una de esas entradas de prensa que te dan para no pagar los 18 eurazos que te cuesta una entrar a este lugar.

Ella tomó aire cuando el que tenía que hacerlo era yo. Movía los ojos a los lados. Llevaba una blusa blanca, la falda gris y las medias negras como sus zapatos. Parecían esas medias de las escolares de secundaria que llevan casi hasta la rodilla. Sí, me dijo, yo la encontré aquí en el suelo, tú debes ser Carlos, ¿verdad?

Es raro sentirse Carlos. Casi todo el mundo se llama así, es como si fueras una gaseosa y te ponen cocacola de nombre, pero cuando me lo preguntó ella por primera vez en mi vida me sentí más Carlos que nunca. C-a-r-l-o-s. Sí, soy yo y dije mis apellidos para que ella no tenga duda de que el único Carlos en ese momento era yo. Cuando me la dio yo tenía que irme. Tenía que dejarla allí, sola, para que siga trabajando. Y eso estaba haciendo cuando me dijo algo: Carlos, a las 5 regalamos libros, date una vuelta por aquí. Yo no pude decir nada, solo sonreí. Mis palabras se habían quedado en todos esos libros por los que ella estaba rodeada. Me fui así, sonriendo y mirando mi reloj, faltaban 30 minutos para volver a verla con un motivo y no verla así asolapadamente y dando vueltas; por eso decidí irme a Mondadori para hacer tiempo y ver si es verdad que Paulo Coelho vende libros como churros.

Noviembre

lunes, octubre 13, 2008

Septiembre no me dejó nada. Se fue tan rápido como vino. Y no quiero ser ingrato con este mes pero no me dejó ni siquiera un par de líneas en este blog que parece ya olvidado a su suerte. Pero no es así. Fue septiembre el que, con sus golpes y triquiñuelas, dejó pasar el tiempo y que la ansiedad se apodere de las teclas. No hubo ni siquiera una sonrisa que recordar o un abrazo eterno, de esos que se dan cuando tu equipo hace un gol al equipo rival. Así fue septiembre: hosco, intratable, lluvioso, empalagoso y soso. Soso a más no poder. Tan soso que todas la mañanas tuvieron el mismo color a uva desteñida.

Desteñidas las cortinas de las ventanas de la oficina. Desteñidas las uñas de las musas ocasionales. Desteñidas las bebidas de fin de semana. Desteñidas las canciones en el reproductor. Desteñidas las palabras en su boca.

Septiembre no me dejó nada. Ni siquiera un teléfono. O una mirada furtiva. No es por hablar mal de un mes que ya se fue y no está aquí para defenderse, pero ni siquiera me acordé del cumpleaños de la chica del pelo color almagre. Y si me acordé me hice el que no para no escribirle correos diciéndole que la pase bien y que disfrute de su fiesta con mil invitados menos yo. Así fue septiembre: malcriado, vulgar, irrespetuoso, mañoso, rencoroso. Tan rencoroso que recordé todas las veces que me dijeron que no todo porque mi cara reflejaba, como septiembre, diversas angustias.

Angustiado este blog. Angustiado los lapiceros a la hora de escribir. Angustiada y afligida la llave cuando da la vuelta para abrir la puerta. Afligida la puerta cuando se abre. Desteñidas las puertas.

Septiembre se fue sin dejarme nada. O casi nada porque ya siendo octubre me he dado cuenta de todo lo que, sin querer, me dejó. Al menos pensamientos entre/cortados. He escrito simples líneas para volver a retomar ciertas habitudes desesperadas. Habitudes que realizo de madrugada mientras mis amigos celebran fiestas romanas libando zumos prohibidos por las escrituras. Lo estoy retomando, poco a poco y sin desesperarme. Y porque ya es octubre. Y porque ya es primavera aunque también sea otoño. Septiembre ya es historia. Es un conjunto de sucesos pasados y acontecimientos no dignos de memoria.

Nuevos vientos, no desteñidos esta vez. Octubre.

De aviones

martes, agosto 19, 2008

No sé a cuántos aviones me he subido hasta ahora pero son muchos. Muchos más de los que siempre quise. Muchos y tantos y todos sin un destino final. Todos los lugares a los que voy son escalas. Escalas engañosas que nunca terminan de llenar esa curiosidad que hay en mí. Escalas con diversos colores y paisajes. Escalas de donde salen diversos aviones. Y así hoy han salido más de mil aviones y todos cruzaron por mi cabeza sin yo darme cuenta.

No sé a cuántos aviones me he subido hasta ahora pero son más que muchos. Y en todos he tratado dormir, pero nunca he podido hacerlo. En algunos, en ocasiones, he intentado buscar al amor de mi vida, y al encontrarlo, he esperado que el avión empiece a caer para declararle mi amor infinito, pero esto nunca ha sucedido. Una vez me emborraché por tal motivo, me emborraché tanto con el vino que vino la que tenía que venir para decirme que tanto vino no se podía tomar en un avión. Esa vez cuando llegué adonde tenía que llegar, la primera cosa que hice al bajar fue tomarme la última copa de vino en honor a la que en el cielo me había quitado la felicidad y el placer.

No sé a cuántos aviones me he subido hasta ahora pero creo que a los que he subido han sido más de los que he bajado. Tanto así que cada vez que despega un avión, en el aire se queda, allí entre la nubes, una persona con mi nombre.. Y nunca vuelve. Y nunca llega adonde tiene que llegar. Y sus maletas siguen viajando sin encontrar dueño. Y así suben y bajan sin control alguno, sin nombre, sin nación. Sin casa, sin destino, sin horizonte. Yo, desde arriba, me divierto con la ingenuidad de los que creen haber descubierto algo nuevo, cuando todo en este mundo ya está hecho.

No sé a cuántos aviones me he subido pero en todos había azafatas bonitas. Tan bonitas que vestían blusas blancas y faldas azules. Y a pesar de vivir en el aire parecían ser princesas cuando siempre fueron ángeles. Y con una sola sonrisa hacían callar niños llorando y te llenaban de comida y bebida. Y con tan solo sus manos eran capaces de hacerte dormir o de hacerte morir de amor con una guiñada de ojos. Eran tantas y tan bonitas que parecía, esta vez sí, que el cielo era realmente el paraíso.

No sé a cuántos aviones me he subido hasta ahora pero en todos olía a fresas. Aunque a veces olía a melocotones. Y en el último que subí olía a Kiwi. Yo, por la ventana, mientras disfrutaba de ese olor, me recostaba y veía como nos alejábamos de los problemas terrenales. De los problemas que en el cielo no existen porque el único problema real es que el baño esté ocupado. Por eso, cuando estoy arriba, me río de los problemas y me leo un buen libro. Y disfruto de los olores que cambian mientras miro las hojas pasar y las ventanas cerrarse.

No sé a cuántos aviones me he subido pero serán más. Al menos un par más, uno que me llevará de donde salí un día, y el otro que me llevará al final de este camino. Este camino que me prometí descubrir y que hasta el día de hoy no he logrado encontrar. Pero llegaré y cuando lo haga, dejaré las nubes atrás y lograré despertarme de este eterno sueño.

De besos 2

lunes, junio 02, 2008

32 euros me costaron sus besos. Sí, 32 euros. ¿Y cómo así? Había comprado todo: las cervezas, la ginebra, el hielo, el limón y la tónica, todo tenía listo para que venga y conversemos un rato esas cosas que solo ella y yo sabemos conversar. La cuenta fue 32 euros. Ni un centavo más ni menos. Y llegó. Llegó un poco tarde pero eso no importaba. Lo importante fue que llegó porque ya tantas veces me había dicho que venía y al final nada. Llegó guapa. Me la esperaba guapa pero no tanto. Llegó, también, con un escotazo que definitivamente era muy provocador. Llevaba encima una bufanda ancha o algo por el estilo de color naranja. Seguro que se lo había comprado en el mercadillo. El mercadillo que me enseñó una vez que la acompañaba a su casa. Esa cosa naranja intentaba tapar sus pechos. La bufanda era de segunda mano. No se notaba pero todo lo que ella compraba allí era de segunda mano. No le di ni un beso cuando entró a casa, apurada, casi empujándome y con seis botellas de cerveza bajo el brazo. No le di un beso porque yo no doy besitos. Esas son tonterías, a mí los besos, así me cuesten 32 euros, me gusta darlos con los ojos cerrados o abiertos pero en la boca, intercambiando saliva y que duren mínimo 48 segundos.
Ella se sentó en el sofá tirando todo en la mesa. No me miraba ni nada y ya estaba contándome una historia de alguien que había conocido en el metro. Yo la miraba atentamente y trataba de seguir lo que contaba pero su escote era más fuerte que todo. Mi mirada se desviaba. Ella se daba cuenta, por eso, de rato en rato, se subía la bufanda que con todos los gestos que hacía se volvía a caer lentamente. Empecé a odiar esa bufanda. Al terminar su historia y bien cubierta me preguntó y tú qué tal, lo hacía así, como si yo fuera uno de esos amigos camioneros o mecánicos. Yo, como cada fin de semana, no tenía mucho qué contar. Mi vida, casi de funcionario, era lo más aburrido que existía, pero tampoco me quejaba. Sírvete una cerveza, le dije y así hablando tonterías nos habíamos tomado unas cuatro cada uno. Empecé a subir el volumen de la música. Poco a poco la bufanda iba desapareciendo. Ella intentaba bailar, porque era claro que no sabía hacerlo. Alzaba las manos y las estiraba intentando tocar el techo y moviendo el pelo para los lados mientras sus muñecas giraban de izquierda a derecha. Después de las cervezas y con la primera copa de gin tonic mi vista bajaba a entretenerse con sus pechos que la primera media hora en la que estuvo sentada tuvieron mi mirada enloquecida. Ahora la bufanda estaba en el suelo, tirada entre rodajas de limón y pedazos de hielo que se iban derritiendo con el pasar de las canciones. Baila conmigo, me dijo. Solo si bajas los brazos, le respondí porque seguía con los brazos hacia arriba, como abrazando el techo. Tú me quieres, me preguntó sin mirarme y con sus brazos en mis hombros. Sí, dije, porque los borrachos no mienten y porque el panorama, sin la bufanda naranja, era muy pro-metedor. Y por qué no te acercas a besarme, me dijo. Por qué siempre esperas a que te llame, concluyó. 48 segundos no son nada, pensé.
32 euros me costaron sus besos. 32 euros que, ahora que lo pienso, no son nada comparado con todo eso que la bufanda naranja escondía tras de sí.

CAÍDA/Carlos Rojas Olivos

jueves, mayo 22, 2008


caída: dónde el espíritu humano sino creador de contradicciones y necesidades: goce y yerros, libertad y dogmas. caída, cielo sobre el que caminamos y apartamos el velo que cae sobre nosotros… ¿quién soy? ¿quiénes somos? hemos de llamar y versar sobre la identidad que creemos igual para todos y siempre es diferente. Caída, porque cuerpo y espíritu no pueden estar separados, siendo nosotros los creadores de la totalidad ya “que somos una luz intermitente,/ una luz que da sombra (…) como un sueño que acapara las miradas libidinosas/ que el cielo no perdona/ miradas que niegan el paraíso y no son dignas”. caída porque valor de introspección no existe, y la sociedad eucarísticamente intenta aplanar cualquier gesto de libertad que no esté parametrada “(los que ya caímos brindamos el aire solo nuestro/ el aire de un cielo prohibido/ el aire de los deleites y decepciones/ el aire puro de la equivocación)”.

¿dejamos de ser solitarios en algún momento? somos uno y uno es por sí solo el que vive, “cantaremos cantos de la mano de lo desconocido”: somos dueños perennes del azul que queremos ver, sea éste el sentido más oscuro. son nuestros sueños los que alimentan ese día a día, ese azur utópico paraíso terrenal, pues el ideal está en cada uno. por sobre todo, nombra el libro, sea amor quien nos revindique de cualquier caída.

joséagustínhayaDeLatorre


Caída/Carlos Rojas Olivos/Ptyx Editores

De venta en: Crisol/KSA TOMADA/El Virrey/La Famila/La Casa Verde

Declaración 1

domingo, mayo 04, 2008

Me tuve que comprar un disquete, tuve que recorrer todos los caminos en bici esta semana, "Los videojuegos no tienen ninguna influencia sobre los niños. Quiero decir, si el Pac-Man hubiese influenciado a nuestra generación, estaríamos todos corriendo en salas oscuras, masticando píldoras mágicas y escuchando músicas electrónicas repetitivas" según la web esto lo dijo Kristian Wilson en 1989, un empleado de Nintendo, según también la web esto lo dijo un comediante inglés en la tele, es lo que tiene internet, muchos mitos, muchas palabras. Pero bueno yo leí esto y me pareció algo para tener en cuenta.
Llueve, hace calor, en esta ciudad nadie se pone de acuerdo: Salí del baño del bar, ella estaba sentada y hacía pedazos, o mas bien despedazaba, un posavasos, lo hacía trizas, no con furia ni con ansiedad, simplemente destruía el posavasos por el arte, que ya quisieran muchos tener, de destruir las cosas porque sí. Miraba la mesa mientras seguía despedazando con mucho arte, yo me quedé mirándola un rato ya que ella no se había dado cuenta de que yo ya había salido del baño. La observaba y se me vinieron mil historias a la cabeza, no supe qué pensar en ese instante, di gracias a la vida por hacerme vivir estos momentos, di gracias por tener el placer de conocer a mujeres así y por último di gracias porque soy una persona educada. Seguía observándola y me detuve un momento en su pelo, al cual le había escrito un hermoso poema que se perdió, se perdió junto con otros dos poemas (a sus manos y a su mirada) y me molesta porque no sé si llegue a recuperarlos. Recorría con mi vista el pelo y luego no tuve más remedio que volver a sentarme ya que ella estaba a punto de alzar la mirada y verme de pie al lado de la puerta del baño. No quería que se diera cuenta de que la observaba aunque creo que ya lo había hecho.
Me senté.
Teníamos que hablar sobre lo que sucedió el sábado y yo no sabía cómo empezar a explicarle lo que resultaba para mí tan claro y para ella tan raro y confuso, ya que no se lo esperaba (esto me lo dijo después pero yo ya lo había notado); así que empezamos a hablar de otras cosas porque nadie quiso tocar el tema, no recuerdo ahora bien qué hablamos, supongo que fue del trabajo, porque si fue de eso yo me puse a pensar que ya no la vería como antes ya que los turnos nos iban a separar. Creo también que en ese momento me pareció muy bueno eso, así ya no nos veríamos y ella estaría más tranquila, digo yo porque eso uno nunca lo puede asegurar de una mujer. Tuve que tocar el tema de una vez porque me estaba aburriendo de la conversación que no llevaba a ninguna parte, ella me escuchó atentamente y no sé si llegó a entender todo lo que le dije, solo atinó a decirme que no sabía cómo comportarse ya que no esperaba eso, realmente no se lo esperaba, llegó a decir también que no le importaba lo que pensaran los demás sobre cualquier asunto que nos incumbiera solo a los dos y terminó por decir que no le molestaba que le escribiese poemas y más. Yo, di gracias nuevamente por eso, aunque en realidad no sé a quién agradezco tanto.
Luego le traduje la última parte del poema que me había atrevido a escribirle en italiano, no podía dejar de mirarle a los ojos, de vez en cuando desviaba mi mirada, tenía miedo de que ella pensara algo malo, es que cuando hablamos nos quedamos mirando largos ratos y en el juego de las miradas yo pierdo, ustedes que me conocen ya lo saben, así que trataba de mirar cualquier lugar menos sus ojos, ella de verdad ese día, y pienso que en algunos otros tantos también, estaba guapísima, por eso lo de desviar la mirada fue realmente muy difícil:
Hazlo
Dócilmente como el agua
Que lo crea todo
Y uno no lo alcanza a comprender
Sigue volando mientras tu mirada guía
Esa fuerza tan tuya de querer desenredar la parcela
De un lóbrego parque
Bebe,
Y no dejes de mirar adentro, sonríe
Y trata de explicar lo inexplicable que yo te
Entiendo
Dirige la noche como a una orquestra
Que acaricia el mundo en una atmósfera infinita,
Como tus gestos,
Como el agua,
Como aquella mirada que persevera
En todo lo que rodea
La brevedad de la existencia...