sábado, febrero 14, 2009

14 de febrero III

-¡CARLOS!- gritó.

Y me desperté. Claro que me desperté, cómo no me iba a despertar si gritó. Y gritó fuerte, con el permiso del pleonasmo que mi corrector siempre me ha dicho que evite pero yo no puedo hacer nada porque gritó muy fuerte, lo juro. Gritó mi nombre porque yo, descarada y sinvergüenzamente, me estaba acercando a sus labios. Y me estaba acercando con los míos, casi abiertos ya, para darle un beso. Para besarla, sí, para eso me estaba acercando yo que estaba medio dormido y medio borracho. C-A-R-L-O-S, fue lo que gritó. No me zampó una cachetada, que estoy seguro no me hubiese detenido como lo hizo el grito; pero nada de eso, ni se puso de pie y se fue, como hubiese hecho cualquier mujer de este mundo. Pero claro (o ni tan claro), ella no es una mujer de este mundo, con todo respeto para las demás: ella es especial. Tan especial que después de que yo me desperté y se me pasó la borrachera por su grito, me miró y se rió tan coquetamente que parecía que me decía: por qué no me besas, ¿a qué esperas, pánfilo? Así fue, yo lo recuerdo muy bien, lo recuerdo ahora que me estoy poniendo este par de calcetines verdes que después de dos años saco del armario porque por fin ha llegado el momento de usarlos. Esa vez fue la última vez que la vi en esa semana, fue un día viernes y fue en la semana que yo había decidido que usaría cada día un par de calcetines de color diferente mientras la siguiera viendo. El lunes fueron marrones, el martes azules, el miércoles negros, el jueves blancos y el viernes fueron los calcetines de color gris. Como gris fue ese día en que salimos con mis amigos y yo le dije en un rincón sin que nadie nos vea que me había enamorado de ella porque no era una mujer de este mundo. Ella insistió en que sí era de este mundo y discutimos. Discutimos mientras bebíamos una botella de Bacardi. Odio el Bacardi. Y lo odio desde hace mucho pero era lo único que a ella quería tomar por más que yo insistía con la cerveza y el gin tonic que ella rechazaba y pedía más Bacardi.

- Pero yo sí que soy de este mundo, tú qué te crees para decirme esas cosas a mí, qué te habrás creído...- repetía con odio en sus ojos.

Después, cuando todos se habían marchado y nosotros ni nos habíamos dado cuenta, se nos acercó alguien para decirnos que nos teníamos que ir porque ya era tarde y estaban cerrando. Ella le dijo algo a ese alguien y yo la seguí. No podía dejar que se fuera molesta. Y ella se dejó seguir, ya sin Bacardi, y con mucho frío porque era invierno.

- Vámonos, qué estás esperando. – me dijo mientras yo miraba como ella desafiaba a los 9 grados bajo cero porque estaba sin chaqueta.

Y así llegamos al metro, yo hablaba, seguro le decía cosas que tampoco eran de este mundo, como suelo hacer. O le decía que se dejase de tonterías y aceptase que se había enamorado de mí, de un mortal con nombre y apellido, trabajo fijo y seguridad social. Reía, eso sí lo recuerdo, que reía y miraba a otro lado para de vez en cuando decirme: No me mires así, por favor. Claro, mi mirada era la de un tonto enamorado, seguramente. Y luego yo me acerqué, abrí la boca, junté los labios, cerré los ojos, la intente besar... y nada, gritó mi nombre. Después no la vi más. El sábado cogió el primer avión y desapareció dejándome solo su mail y un par de guantes color rosa que he guardado al lado de estos calcetines verdes que hoy me pongo porque también es sábado y la voy a ver. Sí, la voy a ver porque después de todo este tiempo ella me ha encontrado en el Facebook y me ha dicho para quedar, que ha vuelto a esta ciudad y se aburre. Gracias, le respondí yo, intentado adivinar aún de qué mundo pudo haber venido. Yo hace mucho que la había encontrado pero nunca tuve el valor de invitarla para que fuera mi amiga. Y ella tampoco lo hizo, solo me mandó un mensaje y pude ver por fin su foto en grande y darme cuenta de que, a pesar de su nuevo corte de pelo, era la misma mujer que yo había conocido un día esperando el bus. Ese día ella leía un libro de Thomas Mann. Yo no la miraba, solo miraba el libro para que después no se crea que uno va tratando de enamorar a las mujeres en el bus (que los hay así, y muchos, pero yo no, por más que la chica me guste) y después de dos paradas me dio el libro diciendo que si tanto me gustaba el libro que me lo quedase. Tuve que terminarlo todo antes de darme cuenta de que en la última página me había escrito su correo. Y así nos conocimos. Yo le escribí y salimos. Cuando salíamos le ponía muchos nombres porque ella nunca quiso decirme el suyo y un día venía y me decía llámame Ana. Y otro día era Natalia o Claudia. Hasta ese día viernes en que fue Lucrecia, como en su perfil del facebook. Yo nunca supe que se iba a ir ese sábado, no me lo dijo, y mira que esas cosas se tienen que decir siempre pero ella se lo guardó y me dejó enamorado hasta los huesos y sin saber adónde se había ido porque cuando le pregunté de dónde era me dijo que eso yo lo tenía que averiguar. De otro mundo, fue lo que yo averigüé porque no tenía otra explicación. Y aunque nunca supe si ella sintió lo mismo que yo, desde la primera vez que le escribí un correo, quiso salir conmigo. Así fue, hasta ese día en que se marchó y yo no supe por qué ni adónde. Tampoco mis calcetines verdes que hoy por fin se lucirán en el lugar que hemos quedado. Y que han esperado hasta ahora porque yo sabía que ella iba a volver, que en algún momento la iba a encontrar y usaría estos calcetines que gallardamente han esperado al lado de sus guantes rosa que se quitó antes de bajar del metro, acariciarme el pelo y dándome un beso en la frente. Suerte, dijo esa vez. Yo me reí y le dije, suerte a ti, nos vemos luego, cuando la llamé su número no existía más. Solo me quedó, como ya dije, su correo. No puede escribirle. Ella sí lo hizo, diciendo que estaba bien y que se había regresado a su planeta, confirmando mi teoría de que no era de este mundo. Al igual que en el facebook, que tiene Marte como Red, pero yo sé que miente, no puede ser de Marte, es muy rojo para ella. Hoy es 14 de febrero, lo sé, pero no creo que haya elegido este día por algo, total, en otros planetas pienso que no se celebra eso del día del amor…Y menos que lo celebre ella.


5 comentarios:

José Agustín Haya dijo...

Grande. Me he divertido su harto. Y sí, todas las mujeres son de otro planeta.

Anónimo dijo...

al fin, ya se te extraniaba.
Kenom

Carlos Rojas O. dijo...

Sí pues, de un planeta tan lejano que siempre se están acercando.

Gracias, kenom!

Daniel dijo...

¡Muy bueno! Yo también las he conocido de cada planeta que...
¡Ah! por cierto, una tontería:
"Después, cuando todos se habían ido y nosotros ni nos habíamos dado cuenta, se nos acercó alguien para decirnos que nos teníamos que ir porque ya era tarde y estaban cerrando."
Personalmente se me hace algo feo la repetición "ido" "ir". Mi sugerencia es cambiar "ido" por "marchado", por ejemplo. Humilde opinión ^^.
¡Saludetes!

Carlos Rojas O. dijo...

Fixed :)

Danke schön!!!